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 RiverPlateOnline.com  > Especial Clausura 2000  > Pablo Aimar

Pablo Aimar

El 29º título
Aimar, la coronación del talento
Desde Río Cuarto, construyó su notable carrera sobre la base de las aptitudes y el sacrificio que le inculcó su padre Ricardo.
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La pelota rueda de manera diferente, pues quien la impulsa tiene talento para hacerlo. Un giro, un enganche y ese pedazo de cuero obedece como si estuviese hechizado. El juego continúa. El balón se mantiene en su botín derecho y la gambeta, instintiva, pura y natural, surge como carta de presentación, aunque los sombreros y los caños le dan ese exquisito toque de distinción. De repente, el hombre se tira a los pies de un rival y recupera la pelota. Allí uno comprende que Pablo Aimar entendió el consejo que inculcó de chico su padre, Ricardo: "A tu talento adosale siempre sacrificio".

Y por allí anda Payito, construyendo su camino y obedeciendo aquel precepto que le enseñó Ricardo cuando lo entrenaba en la 6» división de Estudiantes, de Río Cuarto. "Dales bola a los que te corrigen y no a los que te palmean", le decía Ricardo, y su hijo se enojaba, aunque íntimamente le gustaba que lo hiciera, porque para él no hay mejor DT que su padre.

Por ese entonces, Pablo tenía 13 años y jamás había pensado que algún día saldría campeón mundial juvenil, y con River, y menos aún, que 50.000 personas corearían su nombre. Para él, el fútbol era un grato pasatiempo que se dividía entre los partidos con Estudiantes y el potrero de la esquina de la casa, donde, a pocos metros del río Cuarto, consumía las tardes con sus amigos.

Pero un día, impulsado más por conocer cuál era su verdadero nivel que por ganarse un lugar en las inferiores de River, Pablo aceptó viajar a Buenos Aires para probarse en el club de Núñez. Bastó que Héctor Pitarch lo viera jugar un rato para que le ofreciera quedarse, pero Pablo ya había tomado la decisión antes de subirse a esa Traffic que lo trasladó desde Río Cuarto: jamás se quedaría en Buenos Aires.

Río Cuarto cobijó su habilidad sólo por unos días, porque una tarde de diciembre, un telegrama enviado por la AFA convulsionó el barrio. José Pekerman había citado a Pablo para el Sub 17. Incrédulo por la convocatoria, Payito armó su bolso y se subió al ómnibus junto con Juan Siravegna, un amigo de la familia.

"¿En qué posición preferís jugar?", le preguntaron apenas llegó a Ezeiza, y Pablo respondió con su voz inocente: "De enganche". Vaya problema se le había planteado en un segundo a Pekerman, pues si había un puesto asegurado en el equipo era ése y César La Paglia ya tenía el 10 en la espalda. Las ilusiones de llegar a la selección se le esfumaron en contadas horas al riocuartense, que apenas llegó a su pueblo comentó: "El 10 es un fenómeno. Qué voy a hacer yo allá". Pero claro, lo que Pablo jamás supo fue que La Paglia también pensó lo mismo. El tiempo unió a los dos dentro y fuera de la cancha.

Después del Sudamericano en Perú, Daniel Passarella, que por entonces era el técnico de River, llamó a Ricardo Aimar y le pidió que su hijo regresara a River. Pablo viviría en la pensión y terminaría la secundaria en el Instituto. Y así fue..., Payito se mudó a Núñez. Tenía todo. Deslumbraba en las inferiores y jugaba en la selección, pero las lágrimas caían tristemente en la almohada. Extrañaba Río Cuarto, la familia, las sierras, el potrero. Buenos Aires era una tortura, aunque hoy, tras cinco años radicado en el barrio de Belgrano, disfruta de la gran ciudad.

Armó un grupo inseparable con Rorro (su amigo íntimo), Facundo Elfand (ex compañero del Sub 17), sus coterráneos Guillermo Pereyra y Franco Costanzo, y Javier Saviola. Con ellos va seguido a comer a un restaurante de Belgrano y asiste a alguno que otro recital, como los de Los Redondos, Los Piojos y Sabina, además de haber sido seguidor de Rodrigo.

Con Los Piojos formó una buena relación y no es extraño verlo en alguno de los ensayos. A Rodrigo lo fue a ver en el Luna Park y los dos, fanáticos de Belgrano, se abrazaron en el camarín tras el show. De Sabina guarda el característico sombrero que le regaló su amigo Rorro, luego de que el cantautor arrojó una veintena al público. Sobraban motivos para el presente: fue el 3 de noviembre último y Pablo cumplía 20 años.

Pero el encuentro más increíble fue en la entrega de los últimos Olimpia. Allí conoció a Diego Maradona, quien al verlo lo abrazó, lo besó, lo elogió y le dio algunos consejos. Se sacaron una foto, pero a Pablo jamás le llegó el recuerdo de ese momento. Eso sí, alguna tarde cumplirá con la invitación que le hizo Claudia, la mujer de Maradona, para conocer el museo que tiene el ex capitán de la selección en el tríplex de la calle Habana.

Desde 1995 Pablo no disfruta de unas largas vacaciones, y vaya que las extraña, como también añora el tiempo libre que le demandan las concentraciones. Para contrarrestar el aburrimiento en ellas, lee mucho y usa la notebook de Pereyra para chatear con medio mundo y, especialmente, con su hermana, Laura.

Buenos Aires no será Río Cuarto, pero Pablo ya cambió su visión, como también está modificando la postura de no jugar en el corto plazo en Europa. Es que ahora que está en la selección los jugadores le cuentan cómo es el fútbol y la vida del Viejo Continente, por eso ya no resulta una locura que sus enganches se vean en breve lejos de Río Cuarto.




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