La Máquina
de jugar al fútbol
Fueron sólo 18 partidos en cuatro años, pero esos pincelazos
alcanzaron para que el equipo quedara en la memoria de todos
Difícil
de creer. Para los más entrados en años, la emoción de haberlos
visto jugar; para los más jóvenes, la historia del fútbol no
tendrá un misterio parecido.
Y pensar que sólo estuvieron juntos en 18 partidos, porque de
haber sido más, ¿cómo le hubieran puesto a La Máquina?, el equipo
de River que fue la máxima expresión de un estilo futbolístico
-el argentino-, allá por los años 40.
Un mecanismo aceitado e implacable, más allá del cambio
eventual de nombres; el equilibrio justo entre belleza y eficiencia.
Don Renato Cesarini y Carlos Peucelle tenían en sus manos
la mejor materia prima y quedó, inborrable, en las retinas
y en los relatos de los que llenaban las canchas -sin ser
necesariamente hinchas de River- un equipo sin igual. Eran
otros tiempos, el público se abarrotaba en las tribunas, trajeado,
vestido para la ocasión; y La Máquina le correspondía con
elegancia, estilo y espectáculo.
La historia comenzó el 28 de junio de 1942, en el Monumental,
ante Platense, con un triunfo por 1 a 0. No jugaron más juntos
ese año, pero del 43 al 46 hubo otros 17 encuentros para la
historia, con dos títulos y dos subcampeonatos. Nunca jugaron,
todos juntos, ante Boca, pero es sólo una anécdota. Hubo jugadores
importantes, como Ricardo Vaghi, Norberto Estampilla Yácono
(precursor de la marca personal), o Bruno Rodolfi, que se
doblegaba para marcar en el medio campo. Sin embargo, la delantera
fue la que maravillaba a todos, la que se sabe de memoria
, la que integraban Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau.
Tapados por estos monstruos, alternaron Alberto Gallo, Antonio
Báez y Roberto Coll.
La Máquina creó, sin darse cuenta, un estilo que fue mejorando
en cada práctica más que en cada partido, sin egocentrismo
como virtud; el mérito más grande fue el gran entendimiento
que alcanzaron todos como fuerza de equipo. Un dato: Muñoz
y Moreno, dueños de la derecha del ataque riverplatense, no
se llevaban para nada bien y en la cancha no se notaba. Los
actores tenían bien claros cuáles eran sus respectivos papeles.
Los wines Juan Carlos Muñoz y Félix Loustau hacían lo más
complicado: eludían a sus marcadores y llegaban a la raya
del córner con una facilidad asombrosa; después, el centro
atrás. José Manuel Moreno, Adolfo Pederenera y Angel Amadeo
Labruna trocaban puestos hasta el límite de no saber en qué
posición habían quedado parados -lo confesó Pedernera-. De
a ratos, Moreno podía convertirse en puntero izquierdo y a
su puesto de ocho podía correrse Loustau; así en el otro sector:
rotar, desmarcarse, correr al vacío, desorientar al rival.
Se necesitaba de la inventiva y de la repentización, y los
cinco delanteros la tenían, respaldados por los todoterreno
de atrás. Estaba claro, también, que Labruna era quien mejor
definía. Por eso, Moreno y Pedernera -los de mayor experiencia
del quinteto- arreglaron que el que menos tenía que bajar
para colaborar era Labruna. Habitualmente, abajo se recuperaba
la pelota; arriba alguno siempre quedaba libre, con la pelota
en los pies y la cabeza levantada -era una orden y el que
no lo hacía salía del equipo-; en el momento adecuado, el
pase a Labruna, palo y gol, a la ratonera .
Pedernera fue el estratego, el que hacía jugar a sus compañeros,
el que manejaba los tiempos del ataque millonario y el que
leía los partidos como nadie; le pegaba con las dos piernas;
cuando se fue, se dijo que se había acabado el ciclo de La
Máquina.
Las prácticas de ese equipo eran verdaderos bancos de pruebas
de lo que pasaría los domingos. Le pegaban a la pelota quieta
o en movimiento, de volea o sobrepique, de cerca, de lejos,
a todos los lugares posibles del arco; incluso al travesaño;
de derecha, de izquierda, con el empeine, con chanfle. La
pelota nunca se separaba de ellos. No era para menos, concretamente,
fueron cinco de los pocos elegidos que mejor la trataron en
la historia del fútbol argentino.
|