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River celebra un siglo repleto de éxitos
La Nacion reunió a distintas figuras de todos los tiempos
para recordar momentos gloriosos; hoy, el club hará su propia
fiesta
Qué se
puede decir cuando un club como River cumple 100 años? Poco.
No porque las palabras no surjan, sino porque su rica historia
habla por sí misma. Desde aquellos primeros pasos en el viejo
y pintoresco barrio de La Boca hasta el presente del otro lado
de la ciudad, en el moderno y coqueto Núñez. Hechos, personajes,
Entonces, lo que hay que decir es: ¡Felicidades, River!
Eso fue lo que dijo cada uno de los convocados por La Nacion
para recordar distintas épocas en un sentimiento unánime. El
pasado, con Walter Gómez; el último ídolo, Enzo Francescoli;
pasando por, quizás, el medio campo más recordado, con Juan
José López, Reinaldo Carlos Merlo y Norberto Osvaldo Alonso;
hasta la actualidad, con las autoridades (David Pintado, Alfredo
Davicce y Jorge Arias), el cuerpo técnico, encabezado por Américo
Gallego, y el plantel profesional, con Leonardo Astrada, Ariel
Ortega y Javier Saviola como estandartes de los jugadores surgidos
en el club.
“Era lo que anhelábamos: jugar en River y salir campeones”,
cuenta Jota Jota López, mientras Alonso y Merlo lo escuchan
y asienten. Es, de alguna manera, el deseo de todo futbolista
que llega a este club. Claro, el Negro López y sus compinches
se dieron un gustazo: quebrar 18 años sin títulos.
–No sentíamos la presión de los 18 años, porque nacimos
en el club, al contrario (Mostaza Merlo).
–Los contrarios no podían jugar, porque la pelota siempre
la teníamos nosotros. Era un equipo que hacía daño. Nos divertíamos
(Beto Alonso).
–¿Quién se divertía? Alonso y Jota Jota, yo no me divertía,
ja, ja, ja (Merlo).
-Sí, al principio el Beto y yo nos quedábamos discutiendo
arriba y Mostaza se mataba corriendo. La próxima te la doy,
te lo prometo, me decía el Beto. Siempre era la próxima, siempre.
No, en serio, recién con el tiempo cada uno entendió la función
que debía cumplir.
Los tres no pasan más de diez minutos sin largar una broma.
Es como si el tiempo no hubiera pasado. Es que cuando se llega
a un determinado nivel de idolatría, el tiempo no pasa en
serio. No paran, todos hablan de Oscar Mas, el más divertido
por aquellos tiempos. “Era un jugador electrizante, levantaba
a las tribunas”, comenta Alonso. “Sí, se la tirabas larga
y el tipo llegaba contra la raya de fondo igual; eso, nunca
un centro atrás, siempre un taponazo infernal que enterraba
al arquero”, se ríe Merlo. “¿Se acuerdan cuando en un partido
en el exterior fuimos a la sastrería y le alquilamos todos
los trajes de su talle antes de ir al casino? Sólo quedaba
uno chiquito y uno grandísimo; se alquiló el chiquito, nos
moríamos”, relata J. J. con lágrimas de risa. Son amigos,
no hay duda.
Por eso, ahí están juntos dos monstruos de tiempos diferentes
y la misma nacionalidad: los uruguayos Walter Gómez y Enzo
Francescoli, poniéndose al día en la casa del primero, en
Banfield.
“Yo me acuerdo de que mi viejo me contaba que en River jugaba
Walter Gómez, y que la gente cantaba: La gente ya no come,
por ver a Walter Gómez”, recuerda Francescoli cuando su compatriota
lo interrumpió: “Qué no van a comer, ¿sabés cómo morfaban?”
Los dos rieron. Llegó el turno de las fotos. Hay cariño y
respeto del lado de Francescoli, que lo trata como a un padre;
es increíble advertir la admiración de don Walter hacia Enzo,
como si él no hubiera sido tan grande, y vaya si lo fue.
Deben de ser dos de los pocos uruguayos que no toman mate.
“Me da mucha acidez”, cuenta Enzo; “me lo prohibió el médico”,
remata Walter, con una mueca de fastidio. Comparten la gloria
de haber triunfado en River; Francescoli es el máximo goleador
extranjero del club, y Waulter Gómez, el segundo; cada uno
en su época, escribieron páginas gloriosas en la historia
millonaria.
Ahí está Américo Gallego, hoy luchando como entrenador en
la Copa Libertadores y en el campeonato Clausura. Ayer, orgulloso
con la cinta de capitán, levantando las copas Libertadores
e Intercontinental en la cima de América y del mundo. Ahí
están Leonardo Astrada y Hernán Díaz, los dos hombres que
más títulos ganaron como jugadores en el club, con diez vueltas
olímpicas cada uno. Ahí está también Javier Saviola, la última
perla surgida del club, que en apenas dos meteóricos años
sacudió al fútbol local e internacional.
“Che, ¿nadie me va a ayudar a servir las copas?”, pregunta
el vicepresidente Alfredo Davicce. “Son muchas copas, don
Alfredo”, lanzó con doble sentido un jugador en el anonimato
del montón.
Es que River significa mucho para todos los que forman parte
de la familia millonaria. “Para mí, River fue lo más grande,
mi segunda casa, lo máximo. Además... siendo extranjero”,
dice Walter Gómez.
“Para mí también es mi segundo hogar. El cariño de la gente,
el calor popular. Nunca imaginé llegar a tanto en un club
tan grande como River. Para mí era un orgullo muy grande que
todo un estadio gritara Uruguayo, uruguayo”, se emociona El
Príncipe.
Jota Jota López repite: “Jugar en River es un sueño, algo
de lo que uno no puede olvidarse jamás”, y el Beto Alonso
se prende: “Sin desmerecer a nadie, yo digo que saco aparte
a los futbolistas que nacieron en el club, porque son los
que entienden desde chicos lo que significa ponerse esta camiseta,
jugar en el Monumental, ganarle a Boca. Para mí, haber llegado
a ser campeón del mundo es algo inolvidable”. Mostaza Merlo
no puede quedarse afuera: “Fue mi única camiseta. Conozco
todo y a todos. River te hace ganador”.
El Tolo Gallego que dice: “Aunque algunos se enojen conmigo,
porque no se dan algunos resultados, siempre le voy a estar
agradecido a River porque ésta es mi segunda casa”.
Otra vez: ¡Felicidades, River!
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