La pelota rueda
de manera diferente, pues quien la impulsa tiene talento
para hacerlo. Un giro, un enganche y ese pedazo de cuero
obedece como si estuviese hechizado. El juego continúa.
El balón se mantiene en su botín derecho y la gambeta, instintiva,
pura y natural, surge como carta de presentación, aunque
los sombreros y los caños le dan ese exquisito toque de
distinción. De repente, el hombre se tira a los pies de
un rival y recupera la pelota. Allí uno comprende que Pablo
Aimar entendió el consejo que inculcó de chico su padre,
Ricardo: "A tu talento adosale siempre sacrificio".
Y por allí anda Payito, construyendo su camino y obedeciendo
aquel precepto que le enseñó Ricardo cuando lo entrenaba
en la 6» división de Estudiantes, de Río Cuarto. "Dales
bola a los que te corrigen y no a los que te palmean",
le decía Ricardo, y su hijo se enojaba, aunque íntimamente
le gustaba que lo hiciera, porque para él no hay mejor
DT que su padre.
Por ese entonces, Pablo tenía 13 años y jamás había pensado
que algún día saldría campeón mundial juvenil, y con River,
y menos aún, que 50.000 personas corearían su nombre.
Para él, el fútbol era un grato pasatiempo que se dividía
entre los partidos con Estudiantes y el potrero de la
esquina de la casa, donde, a pocos metros del río Cuarto,
consumía las tardes con sus amigos.
Pero un día, impulsado más por conocer cuál era su verdadero
nivel que por ganarse un lugar en las inferiores de River,
Pablo aceptó viajar a Buenos Aires para probarse en el
club de Núñez. Bastó que Héctor Pitarch lo viera jugar
un rato para que le ofreciera quedarse, pero Pablo ya
había tomado la decisión antes de subirse a esa Traffic
que lo trasladó desde Río Cuarto: jamás se quedaría en
Buenos Aires.
Río Cuarto cobijó su habilidad sólo por unos días, porque
una tarde de diciembre, un telegrama enviado por la AFA
convulsionó el barrio. José Pekerman había citado a Pablo
para el Sub 17. Incrédulo por la convocatoria, Payito
armó su bolso y se subió al ómnibus junto con Juan Siravegna,
un amigo de la familia.
"¿En qué posición preferís jugar?", le preguntaron apenas
llegó a Ezeiza, y Pablo respondió con su voz inocente:
"De enganche". Vaya problema se le había planteado en
un segundo a Pekerman, pues si había un puesto asegurado
en el equipo era ése y César La Paglia ya tenía el 10
en la espalda. Las ilusiones de llegar a la selección
se le esfumaron en contadas horas al riocuartense, que
apenas llegó a su pueblo comentó: "El 10 es un fenómeno.
Qué voy a hacer yo allá". Pero claro, lo que Pablo jamás
supo fue que La Paglia también pensó lo mismo. El tiempo
unió a los dos dentro y fuera de la cancha.
Después del Sudamericano en Perú, Daniel Passarella,
que por entonces era el técnico de River, llamó a Ricardo
Aimar y le pidió que su hijo regresara a River. Pablo
viviría en la pensión y terminaría la secundaria en el
Instituto. Y así fue..., Payito se mudó a Núñez. Tenía
todo. Deslumbraba en las inferiores y jugaba en la selección,
pero las lágrimas caían tristemente en la almohada. Extrañaba
Río Cuarto, la familia, las sierras, el potrero. Buenos
Aires era una tortura, aunque hoy, tras cinco años radicado
en el barrio de Belgrano, disfruta de la gran ciudad.
Armó un grupo inseparable con Rorro (su amigo íntimo),
Facundo Elfand (ex compañero del Sub 17), sus coterráneos
Guillermo Pereyra y Franco Costanzo, y Javier Saviola.
Con ellos va seguido a comer a un restaurante de Belgrano
y asiste a alguno que otro recital, como los de Los Redondos,
Los Piojos y Sabina, además de haber sido seguidor de
Rodrigo.
Con Los Piojos formó una buena relación y no es extraño
verlo en alguno de los ensayos. A Rodrigo lo fue a ver
en el Luna Park y los dos, fanáticos de Belgrano, se abrazaron
en el camarín tras el show. De Sabina guarda el característico
sombrero que le regaló su amigo Rorro, luego de que el
cantautor arrojó una veintena al público. Sobraban motivos
para el presente: fue el 3 de noviembre último y Pablo
cumplía 20 años.
Pero el encuentro más increíble fue en la entrega de
los últimos Olimpia. Allí conoció a Diego Maradona, quien
al verlo lo abrazó, lo besó, lo elogió y le dio algunos
consejos. Se sacaron una foto, pero a Pablo jamás le llegó
el recuerdo de ese momento. Eso sí, alguna tarde cumplirá
con la invitación que le hizo Claudia, la mujer de Maradona,
para conocer el museo que tiene el ex capitán de la selección
en el tríplex de la calle Habana.
Desde 1995 Pablo no disfruta de unas largas vacaciones,
y vaya que las extraña, como también añora el tiempo libre
que le demandan las concentraciones. Para contrarrestar
el aburrimiento en ellas, lee mucho y usa la notebook
de Pereyra para chatear con medio mundo y, especialmente,
con su hermana, Laura.
Buenos Aires no será Río Cuarto, pero Pablo ya cambió
su visión, como también está modificando la postura de
no jugar en el corto plazo en Europa. Es que ahora que
está en la selección los jugadores le cuentan cómo es
el fútbol y la vida del Viejo Continente, por eso ya no
resulta una locura que sus enganches se vean en breve
lejos de Río Cuarto.