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          Especiales >> Clausura 2000
El 29º título
River Plate pasea su grandeza con otro bicampeonato
Se impuso a Ferro por 3 a 0 y obtuvo el torneo Clausura; con sus goles, Aimar y Angel (2) fueron otra vez piezas fundamentales.
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Lo llamaron al juego que mejor conoce y en el que se siente más cómodo: prolongar su dinastía de campeón con aire suficiente, con amplitud en los números, con pose altiva y con el destello de algunas individualidades para cumplir con un histórico toque de distinción. River está acostumbrado a este tipo de grandeza, a estas hegemonías holgadas y disfrutadas con certera anticipación. Una vez más, River es el campeón previsible y también indiscutible. Fiel a su estilo de llevar la delantera y sacarles varios cuerpos de ventaja a sus seguidores. En el todos contra todos, River casi siempre es más que el resto. Y últimamente lo demuestra con ciclos prolongados, como este Clausura, que vino a completar el octavo bicampeonato de su historia.

River no dejó que únicamente el tiempo se encargara de cerrar aquella herida que dejó la eliminación ante Boca por la Copa Libertadores. Se ocupó de suturarla con el método más indoloro de inyectarse la gloria más próxima, que no era otra que este título local. Infalible terapia para anestesiar las últimas amarguras e implantar nuevas alegrías. Así lo entendió su gente, que ayer cubrió gran parte del estadio de Vélez y gritó sin complejos su orgullo de campeón.

Claro, hubo un partido que hasta quedó en un segundo plano. Que fue tan necesario para hacer la diferencia decisiva como innecesario para el análisis. No es la primera vez que en una definición el partido queda más chico que la fiesta. Minimizado como expresión deportiva. Aquí, el misterio o la incertidumbre duraron lo que una estrella fugaz. Cuando terminó la ceremonia de los himnos por el día patrio, River se enteró de que tendría total independencia para ganarse otra vuelta olímpica, ya que desde La Plata llegaba la noticia del empate de Independiente.

Le restaba cumplir con su parte, para lo cual este Ferro descendido e inexperto no debería perturbarlo. Claro que la endeblez y las limitaciones no impugnan la dignidad deportiva, que la tuvo Ferro para no maltratar la pelota, no encerrarse en su campo ni tratar de salvar con brusquedades la superior calidad rival. Y con esas consignas, hasta se permitió un primer cuarto de hora parejo, cortando los circuitos adversarios.

River no se dejó impresionar ni se durmió. Ferro podía dividirle la tenencia de la pelota, pero su profundidad y capacidad ofensivas son infinitamente mayores. A la movilidad de Saviola -sólo le fató el gol- se unieron las apariciones de Angel y el exquisito manejo de Aimar. Con ellos de por medio, el golazo es una amenaza latente. Lo hizo Angel, tras eludir a Galant; lo corroboró Aimar con un contraataque perfecto, y lo repitió el delantero colombiano en una jugada que pasó por Lombardi, Aimar y Saviola.

Tres goles en 11 minutos para liquidar la historia y dejar constancia de lo que era capaz cada uno. En el segundo tiempo, River no se entusiasmó mucho con la idea de una goleada más amplia. Se paró a pensar más en el valor de su obra que a embellecerla con algo más de fútbol. Optó por la autoridad del campeón. Y de eso, sabe de sobra.






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