Lo llamaron al
juego que mejor conoce y en el que se siente más cómodo: prolongar
su dinastía de campeón con aire suficiente, con amplitud en
los números, con pose altiva y con el destello de algunas
individualidades para cumplir con un histórico toque de distinción.
River está acostumbrado a este tipo de grandeza, a estas hegemonías
holgadas y disfrutadas con certera anticipación. Una vez más,
River es el campeón previsible y también indiscutible. Fiel
a su estilo de llevar la delantera y sacarles varios cuerpos
de ventaja a sus seguidores. En el todos contra todos, River
casi siempre es más que el resto. Y últimamente lo demuestra
con ciclos prolongados, como este Clausura, que vino a completar
el octavo bicampeonato de su historia.
River no dejó que únicamente el tiempo se encargara de
cerrar aquella herida que dejó la eliminación ante Boca
por la Copa Libertadores. Se ocupó de suturarla con el método
más indoloro de inyectarse la gloria más próxima, que no
era otra que este título local. Infalible terapia para anestesiar
las últimas amarguras e implantar nuevas alegrías. Así lo
entendió su gente, que ayer cubrió gran parte del estadio
de Vélez y gritó sin complejos su orgullo de campeón.
Claro, hubo un partido que hasta quedó en un segundo plano.
Que fue tan necesario para hacer la diferencia decisiva
como innecesario para el análisis. No es la primera vez
que en una definición el partido queda más chico que la
fiesta. Minimizado como expresión deportiva. Aquí, el misterio
o la incertidumbre duraron lo que una estrella fugaz. Cuando
terminó la ceremonia de los himnos por el día patrio, River
se enteró de que tendría total independencia para ganarse
otra vuelta olímpica, ya que desde La Plata llegaba la noticia
del empate de Independiente.
Le restaba cumplir con su parte, para lo cual este Ferro
descendido e inexperto no debería perturbarlo. Claro que
la endeblez y las limitaciones no impugnan la dignidad deportiva,
que la tuvo Ferro para no maltratar la pelota, no encerrarse
en su campo ni tratar de salvar con brusquedades la superior
calidad rival. Y con esas consignas, hasta se permitió un
primer cuarto de hora parejo, cortando los circuitos adversarios.
River no se dejó impresionar ni se durmió. Ferro podía
dividirle la tenencia de la pelota, pero su profundidad
y capacidad ofensivas son infinitamente mayores. A la movilidad
de Saviola -sólo le fató el gol- se unieron las apariciones
de Angel y el exquisito manejo de Aimar. Con ellos de por
medio, el golazo es una amenaza latente. Lo hizo Angel,
tras eludir a Galant; lo corroboró Aimar con un contraataque
perfecto, y lo repitió el delantero colombiano en una jugada
que pasó por Lombardi, Aimar y Saviola.
Tres goles en 11 minutos para liquidar la historia y dejar
constancia de lo que era capaz cada uno. En el segundo tiempo,
River no se entusiasmó mucho con la idea de una goleada
más amplia. Se paró a pensar más en el valor de su obra
que a embellecerla con algo más de fútbol. Optó por la autoridad
del campeón. Y de eso, sabe de sobra.