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Un título
más para
la galería, el adorno extra para un final indiscutible que
cabalgó entre la pasión genuina y los estímulos mediáticos.
Y, en esa rara y curiosa mezcla, la felicidad. Y se sabe la
felicidad no se discute, se siente. River se apropió de ese
derecho con toda legitimidad, mientras no se demuestre lo
contrario. Y al bajar la persiana de este campeonato, arriba
de todos, River.
El cierre
de River campeón, combinó pasión, alegría, desenfreno, un
retrato fiel del contorno en esta época y un partido más fiel
todavía a la realidad del juego de nuestro fútbol: los destellos
de lo que saben que hacer con la pelota y un marcado voluntarismo
general, que no desequilibra ni atrapa por su jerarquía.
Hubo un
arranque prometedor y una culminación tensa. River le hizo
honor a su tradición yendo a buscar con decisión el triunfo,
al principio. En cuatro minutos Ramírez le negó a Saviola
el grito. Excelentes intervenciones del arquero local: en
la primera desvió un disparo franco del pibito y en la otra,
se estiró a su izquierda y mandó la pelota al corner, tras
un tiro frontal. Y claro, se vino el después.
Fue el
turno, largo turno, de los volantes de San Lorenzo y el control
de balón. Tuzzio amagó con ir por el medio y enseguida se
ubicó como barrera para las posibles excursiones de Placente.
Estévez se junto con Netto, Michelini (perseguidor implacable
y efectivo de Aimar), Romagnoli, Ervitti y recargaron la tarea
de la endeble dupla formada por Lombardi y Pereyra. Pero surgió
una cuestión que marcó al enfrentamiento: todas las maniobras
de San Lorenzo tuvieron el sello de la horizontalidad. Buenas
asociaciones, que dejaron a la intemperie a Gancedo y arrastraron
a Astrada, pero mucho enamoramiento de la pelota sin eficacia.
Por eso, en una sola oportunidad Bonano corrió riesgos; pase
profundo de Romagnoli a Romeo y rápida cobertura de Tito contra
el nueve.
River,
vía Aimar, cuando pudo huir del ahogo de Michelini, prefirió
las maniobras verticales, directas, aunque Angel se evaporó
frente a Ameli y Ortíz y Saviolita no pudo poner la segunda,
por más que lo intentó respetando su estilo.
Desarrollo
lento, emociones escasas, gritos permanentes de la gente,
un resultado adecuado. Pero el jugador que dispone de un plus,
siempre lo puede usar. Aimar metió un derechazo casi perfecto,
la pelota rebotó contra el ángulo izquierdo, Angel, tras el
pique, devolvio el balón hacia el arco y Pereyra picó, la
encontró justa y puso el frentazo goleador. Nada que ver,
poco que ver. Circunstancia del juego bien aprovechada, para
simplificar. en la primera jugada del complemento, encaró
Aimar, lo cruzó Ortíz, Elizondo "compró", penal. Saviola puso,
con una esplendida serenidad, un 2 a 0, generoso, muy generoso
Se repitieron
las escenas. San Lorenzo yendo, buscando la maniobra fina,
pero sin poder entrar, por la solvencia de Yepes y el frontón
que armaron los demás. Romagnoli, Estévez, gambetearon y rebotaron
o no encontraron el resquicio para habilitar a Romeo. Una
y muchas veces. A River le costó, excesivamente, generar algún
contraataque. Se apretó con el resultado. Y la mejor prueba
fue el ingreso de Sarabia por Pereyra. No apostó a un fútbol
campeón, apostó a ser campeón dejando al fútbol en Aimar o
Saviola.ombas que explotan, el gobierno de la intolerancia,
la histeria ciega. De la mayoría, porque a las bombas las
tirarán unos pocos, pero la respaldan graciosamente el grueso
de los que están, en este caso de San Lorenzo.
Calma
forzada, Ameli y Tuzzio parlamentan con los más exaltados.
Volvió a rodar la pelota y todo siguió igual. Mantuvo San
Lorenzo
su forma, River lo mismo. Hasta que le acertaron una cesión
a Romeo y Romeo la embocó, a diez minutos de los 45. Creció
el nerviosismo, se elevó un poco la temperatura del juego
y Elizondo puso la pizca que faltaba, Romeo voló con Sarabia
atrás, penal. Romeo, gol. San Lorenzo emparchó su imagen.
Y River sufrió apenas sesenta segundos, porque el árbitro
lo terminó a la hora justa.
Y surgió,
al menos por un momento, la alegría genuina, la que conmueve
por su nobleza. La que no descansa sobre los desgracias ajenas.
La alegría. Esa alegría de los jugadores, de Ramón, de la
gente que fue a disfrutar. La verdadera. La que se merece
River, por su origen exitoso y el presente vencedor. Porque
así River es más campeón. Y le hizo un guiño a la tradición
más pura.
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